domingo, 2 de julio de 2017

LEYENDAS DE PEÑARANDA

Por fin ha llegado a mis manos la desconocida leyenda de LA CANTAMORA y otras que os iré dando a conocer.

Estos relatos - leyendas han sido repartidos por la profesora Conchi Andrés a sus alumnos del colegio C.R.A. Diego Marín y que, a petición suya, Hugo  me ha entregado para su difusión. Muchas gracias a ambos, estoy segura de que os gustarán.


La Cantamora



Desde hace mucho tiempo, vive en la villa de Peñaranda de Duero un duende a quien los peñarandinos llaman la Cantamora. Es un ser entrañable y familiar, es una historia, que por hermosa, se ha hecho leyenda.

Os la voy a contar tal cual me la contaron a mí:

“Era una noche lluviosa. El viento racheado recorría las calles, silbando por las callejuelas y en las rendijas de la ventana. Don Diego de Avellaneda, el primogénito de los Avellanedas, trasnochaba con sus amigos alrededor de unos trashogueros que ardían en la chimenea gótica. En un momento de la velada les dice que el rey de Castilla quiere reanudar la reconquista de las tierras en poder del Califa del Córdoba, Abú-Walid. Los amigos, seguramente porque lo esperaban hacía tiempo, no pasaban a creérselo. Diego saca de su jubón un rollo atado con una cinta carmesí de la que pendía un sello con las armas de los Reyes.

- ¿Conocéis este sello?- preguntó Diego.

Rodrigo acerca al pergamino una vela de la que había tirado el caldo que ahogara el pabilo.

- Son del Rey, nuestro señor,-contestó.

Todos los amigos celebraron la noticia tirando al aire con gran regocijo sus sombreros, al tiempo que daban vivas al Rey.

En la primavera de ese mismo año pasaron por esta villa las tropas castellanas a las que se sumaron las de nuestro Conde. Marchaban muy animosos a la lid al redoble de tambores y tremolando los pendones. Por encima de los tejados volaba una bandada de palomas y otras aves negras. A Diego le pareció de mal agüero el vuelo de las grajillas.

Pocos días después las huestes ya estaban frente a frente. Todo el día lucharon con denuedo unos y otros, hasta que al llegar la noche, las tropas de nuestro Rey desbarataron las filas enemigas. Bien luchó don Diego y tan valiente que quiso atacar a la misma Guardia del Califa, pero los malos hados quisieron que su caballo hundiera la pata en un hoyo oculto bajo los tallos florecidos de un cantahueso y cayera violentamente en el suelo; dentro de sus ojos empezaron a bailar una lucecitas, mientras que el estrépito de las armas, el relincho de los caballo y los gritos de todos se fueron adelgazando hasta perderse en las sombras del sueño; sin embargo pudo oír una voz que le decía: “recibirás la perla más valiosa cuando te encuentres en el palacio del Rey”.

Al recobrar el sentido estaba ya en presencia del Rey moro que estaba muy disgustado.

- Conde, vuestro rescate –dijo el Califa- me resarcirá parte de estas pérdidas.

Y sin más cumplidos mandó que lo encarcelaran, en atención a su rango, en la quita “El Carmen”, donde la familia del Rey se refugiaba los meses calurosos del verano.

A pesar de todo, la nostalgia de su condado y amigos le oprimía el corazón, por esta causa algún día se le oía cantar al llegar la noche:

Estas noches tan largas

para mí

no solían ser así.

Diego podía pasear libremente por el jardín, aunque vigilado por dos guardianes. Una mañana, -los alhelíes aún tenían el rocío de la noche- Fátima lo vio pasear y quedó sorprendida de lo apuesto que era el castellano. A los pocos días, llegó el recate de Diego y quiso ser la misma hija del Rey quien le diera la noticia. Al verla, nuestro caballero, quedó prendado de tan singular belleza, la mora debió advertir la impresión que causo su presencia en el conde por lo que le advirtió que la liberación sería más lenta de lo deseado.

Esa misma noche, Diego vio cruzar por el cielo una estrella fugaz. Pensó que llegaría a su amado pueblo y mandó con ella un deseo. Luego, para lanzar al viento su contento comenzó a cantar esta canción, que más de una vez había cantado:

Ya nunca verán mis ojos

cosa que les dé placer

ojos que no ven

lo que ver desean

¿Qué verán que vean?

Fátima estaba con sus doncellas en la terraza y sonrió al escucharla. Diego, por el contrario, se cortó un poco, cuando se percató de que le había escuchado, pero en el fondo, se alegraba: ¿Sería ella la perla que le auguraron los duendecillos?

Los encuentros se hicieron frecuentes con el agrado de ambos, como se podía ver en las miradas de complicidad; en un no-sé-qué que aceleraba el corazón y en que no le importara demasiado que se retardara la liberación del cautiverio. Pero tenía que terminar, por lo mismo Diego uno de aquellos días dijo a Fátima que si le juzgaba digno esposo suyo, iría el mismo a pedir licencia para casarse con ella.

- No es necesario –contestó radiante de contento- pues todo está solucionado.

La corte del Rey, Abul-Walid, se vistió de gala; Diego recibía por esposa a Fátima, la hurí más hermosa del paraíso musulmán. Todos celebraron con gozo el acontecimiento. Todos menos Firuz a quien la venganza le brotaba por los ojos, porque quería casarse con la princesa.

Venia Fátima en una carroza tirada por dos caballos blancos, y acompañada de un nutrido sequito de soldados y acemileros que conducían mulas cargadas con finas telas de seda, perfumes y objetos de plata y oro.

Tras largos días de caminar pudieron contemplar el pueblo de Peñaranda de Duero, desde el pico que separa el valle del Duero del Arandilla.

Hermoso panorama y magnífico el castillo amparando al pueblo con sus murallas, los ojos de Diego se nublaron con una lágrima que intentó enjugar con un rápido parpadeo.

En los adarves del castillo los heraldos, vestidos con dalmatita de terciopelo anunciaban al son de trompetas la entrada triunfal del Conde y su comitiva:

Vengáis norabuena,

Conde, mi señor,

pues venís vencedor.

En esta ocasión solo revoloteaban por los cielos blancas palomas.

Se celebraron divertidos festejos en su honor. Fátima correspondía con cariño a las muestras de afecto de los peñarandinos y se esforzaba en comunicarse con ellos en su idioma castellano sin ayuda de Cecilia, la esclava cristiana, de quien había aprendido lo que conocía de la aljamía, como en Córdoba llaman a nuestro idioma.

Todo era felicidad en el castillo: largos paseos a caballo, acompañada de sus doncellas; Tertulias animadas, donde ella ponía sutileza y finura de las tertulias de la corte de su padre, Abul-Walid y otras actividades, en las que entraba los quehaceres del castillo.

Sus aposentos, decorados a su gusto, estaban situados en la parte alta de la vivienda, cuyos ajimeces se abrían a oriente.

Apoyada en el alfeizar, contemplaba alguna vez el crepúsculo que tendía sus vaporosas alas entre los chopos del Arandilla, hasta convertirlos en una línea quebrada y oscura, al tiempo que un aire ahilado movía las amarillentas hojas, produciendo un rumor, como si los geniecillos quisieran trenzar ramas.

También podía oír desde su habitación el despertar de la villa: hasta allí llegaba perfectamente el chirrido de los portones sobre sus goznes; el martillo del herrero golpeando sobre la bigornia; el campano del cabrero; el traqueteo del rodezno del molino y ese otro tipo de rumor que se extiende envuelto en misterio sin que se sepa bien de donde procede porque todos somos un poco autores: el runrún arrancaba de la presencia de un misterioso individuo que llegó al barrio morisco vestido de derviche. Fátima sintió miedo porque pocas noches antes había soñado que una serpiente, cuya cabeza era la de Firuz, había entrado en el pueblo bajo los hábitos de un monje musulmán.

Los muchachos intentaban atrapar unos insectos, color amarillo acaramelado, que parecían chispitas de luz al caer el sol. Mientras los perseguían, comentaban con detalles mucho más fantasiosos, lo mismo que oían en sus casas.

- Qué ocurre- preguntó Diego que llegaba de inspeccionar el Condado a uno de los rapaces.

- Nada, señor,- contestó el muchacho- que ha venido al barrio de los moros un hombre que vende muchas cosas y que…

- Que es un derviche- continuó otro, sin saber qué era un derviche, pero que a los niños les estimulaba la fantasía.

- Muy bien, amigos,- contestó Diego- voy a comprobarlo.

- Señor Conde,- saludó el mentido vendedor- me hacéis un gran honor. Entrad –continuó diciendo- os mostrare todas mis cosas.

Entre muchas baratijas, el malintencionado vendedor le mostró un hermoso collar.

- Este, señor,- dijo señalando el collar- es lo mejor que tengo. Digno regalo para vuestra esposa.

Cuando Diego se dirigía al castillo, la campana de la iglesia invitaba al rezo del “Ángelus”. El eco se extendía suavemente por el paisaje al tiempo que en el ambiente quedaba una nota de melancolía. Con la penumbra debieron agrandarse los miedos de Fátima, porque cuando Diego entró a saludarla estaba llorando.

- ¿Por qué lloráis, princesa?-le pregunto-.

- No lo sé-contestó, mientras quitaba una lágrima con el dorso de su dedo índice-; yo misma no lo sé, pero bien puede ser porque soy muy feliz con vos a mi lado.

Diego beso la mano de Fátima antes de entregarle la cajita que contenía el regalo.

- ¡Es precioso!-exclamó, cuando lo tuvo en sus manos-.

Luego lo asió del broche de oro y lo miraba al contra luz de una antorcha, pero las gargantillas de ámbar traslúcido no dejaban ver los objetos con precisión, recordó la imprecisión de su sueño anterior, pero no comentó nada. Solamente volvió a dar las gracias y besar la mejilla de Diego.

Cecilia, la esclava cristiana, rezaba con fe sus oraciones a favor de su ama. Las doncellas servían con diligencia la medicina recomendada. Pero todo en vano. La bellísima mora no salía de su tristeza. Apenas abandonaba su habitación, desde cuyas ventanas oteaba el horizonte, por si descubría la causa de su tristeza.

Diego ordenó que partieran inmediatamente los mejores jinetes hacia Córdoba en busca de los más hábiles galenos y alquimistas de la corte de Abul-Walid.

- Que nadie me moleste- dijo al mayordomo mientras se dirigía apesadumbrado a los aposentos de Fátima.

- No está bien, mi sultana, que os apartéis de mí. Volvamos a Córdoba. Yo sería de nuevo el cautivo que os veía feliz. Maldita sea, parece que un duende nos ha robado la alegría.

No bien oyó lo que Diego había dicho con ánimo de ayudarla, cuando, con la vista perdida en la lejanía, murmuró casi sin voz: “El collar. Ha sido el collar. Firuz envió a ese pobre mercader”.

Aunque no creía en encantamientos, Diego rompió el embrujado collar con toda su rabia y bajó como una furia al encuentro del mentido vendedor, pero había desaparecido sin dejar rastro. ¡Nadie sabía nada!

Esa misma noche, el viento mordía enfurecido las almenas del castillo. Fátima, en pleno delirio, subió a la terraza ataviada con sus mejores vestidos de seda y comenzó a dar vueltas y vueltas y vueltas cada vez más rápidas, con la cabellera suelta hasta formar un remolino de viento, cabello y seda que se perdió por el cielo.

Cuando llegaron los galenos y alquimistas, enviados por el Califa, no pudieron hacer más que analizar el desventurado collar, y descubrieron, con asombro de todos, que no era ámbar, sino una sustancia elaborada con diversas resinas ponzoñosas en las que un perverso mago ocultó el maleficio de convertir en un ser etéreo a la persona que lo colgara de su cuello.”

La Leyenda o historia me pareció – además de bonita- interesante. Espero que a ti también te guste. Ahora ya sabemos que la Cantamora es la hija del rey moro de Córdoba, que vino a Peñaranda enamorada de nuestro Conde, don Diego, y que fue encantada por un mago. Dueña de (esto significa duende) va enamorada en alas del viento que recorre sus calles suave o violentamente. Habita en su castillo, en su palacio, en sus casonas blasonadas, lo mismo que en las más humildes. Las mamás la invocan para dormir a sus bebés. Antiguas danzas de origen morisco y grupos actuales llevan el nombre de “CANTAMORA”. 

Peñaranda de Duero es un pueblo que tiene duende que es la ENCANTADAMORA, que por virtud de lo que llaman economía lingüística y por el ingenio de los peñarandinos ha venido a denominarse “LA CANTAMORA”.

D. Antonio Juez



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